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jueves, 2 de junio de 2016

Un golpe sincero

Hace tiempo, cuando empezaba mi adolescencia, yo llegué a una conclusión muy personal. Tan personal era esa conclusión, tan profundo fue mi convencimiento acerca de lo acertada que resultaba, que asumí que sin lugar a dudas, esa era La Verdad.
Así, en mayúsculas, La Verdad. La Verdad que engloba a toda otra verdad, La Verdad que permite estar de pie ante la duda y enfrentarla, La Verdad que debería ser suficiente para todos, y ante la que todos deberían postrarse. Así viví muchos años.
En mi mente y en mi corazón me convencí de que estaba en lo correcto, que el camino que yo seguía, o decía seguir, era el único posible si se deseaba mejorar el mundo. Descartaba toda otra posibilidad, y no lo hacía con maldad hacia nadie. Yo honestamente deseaba que todos pudiéramos encontrar paz de esa manera, encontrando ese convencimiento que yo encontré, conociendo esa Verdad y escalando a lo que yo creía, era un nuevo nivel de humanidad.
La realidad no era tan sencilla.
Me reuní con gente que compartía el mismo ideal, que abrazaba la misma Verdad. Estudiamos juntos, meditamos mucho, hicimos eventos, hablamos a la gente, incluso aparecí en la televisión. Y no pasó mucho tiempo hasta que comencé a ver que en realidad, mis ideales y mi Verdad no eran exactamente iguales a los de mis compañeros. A lo lejos, si, se veían muy similares, pero cuando los observaba en detalle surgían las diferencias. A veces apenas tonalidades, otras veces rudos contrastes. Pero la prueba estaba ahí: lo que yo concebía como Verdad no era universal. Yo estaba forzando en los demás mi propia percepción de la realidad y de cómo yo quería que fuera.
Pasado el tiempo he conocido a otras personas, algunas con ideas absolutamente diferentes que las mías, y he visto con sorpresa cómo al observarlo en detalle, surgen puntos en común, tonalidades semejantes, coherencias inesperadas, aún cuando el conjunto sea diametralmente opuesto.
Esa conclusión me golpea duro cuando observo actos de intolerancia, en especial cuando los juzgo, ¿no estaba yo del otro lado antes? ¿no fui yo el intolerante, el que quería establecer su propia visión en la mente de los demás? ¿no lo hacía de forma sincera, acaso?
Yo no deseaba causar daños a nadie, mis objetivo era ayudar a mejorar el mundo en el que vivía, y lo hacía de la forma que conocía. Pero no me cabe ninguna duda de que yo, en ese intento y en mi ingenuidad, ofendí, lastimé y violenté a otras personas. Fui intolerante y fui cerrado de mente y no es algo que es fácil de admitir. Porque pienso en el daño que causé, pienso en las personas a las que lastimé con una cara sonriente y la conciencia tranquila. Yo pensaba que demostraba amor, y en realidad demostraba otra cosa.
Digo "fuí", pero no estoy tan seguro. El mundo que habitamos no es tan sencillo como para modelarlo con solo una idea, como para abarcarlo con solo una verdad salida de una mente humana, pero sigo intentando hacerlo. Deseo, como todo ser humano, que mis ideas sean reconocidas, y para ello las confronto con otras, igualmente válidas, pero muchas veces incompatibles con las mías, y es inevitable la confrontación. Y no puedo evitar pensar que yo sigo teniendo razón, que mi verdad sigue siendo La Verdad, cuando solamente es una interpretación parcial que se modificará con e tiempo y las circunstancias. Porque es difícil no creer en una idea, o un conjunto de ideas, y ser sincero en esa actitud, sin suponerlas superiores, mejores, más adecuadas.
Es muy fácil decir que uno es tolerante y de mente abierta, es difícil, o acaso imposible, serlo de verdad. Porque eso implica admitir que uno esta, en cierto modo, equivocado todo el tiempo, y que mi visión de la realidad es tan solo un reflejo momentáneo en una pequeña faceta de ella, y que no puedo llegar a abarcarla o a comprenderla en su totalidad.
Sigo convencido de aquella verdad que conocí cuando comenzaba mi adolescencia, solo que ahora entiendo que solo es la forma en que yo comprendí un aspecto de la realidad, pero la duda vuelve a torturarme a veces recordándome que yo, con amabilidad y sinceridad, usé mis ideas en perjuicio de otros y que acaso la herida persista.


jueves, 5 de mayo de 2016

Isekai no Seikishi Monogatari: dale alegría al quinceañero que llevás dentro

Acabo de terminar de ver esta serie de OVAs del 2009, y la verdad es que es divertido de ver. Es un digno sucesor de la serie padre Tenchi Muyo (dentro de la continuidad establecida por los OVAs Tenchi Muyo! Ryo-Ohki) con todos los elementos que caracterizan a una serie de la franquicia: comedia, un personaje masculino rodeado de chicas hermosas, un aire romántico/erótico, acción, mechas, naves espaciales y ciencia-ficción mezclada con fantasía.


La serie sigue las aventuras de Masaki Kenshi, un muchacho de 15 años que cae en medio de un conflicto de intereses en un mundo llamado Geminar. En este mundo la fuerza militar la determina el uso de mechas semi-orgánicos llamados Seikishi, cuyos pilotos (en su mayoría mujeres, con unos pocos y muy apreciados hombres) constituyen una especie de casta noble. En este mundo acaba de morir el rey de Shtrayu, y su hija Lashara, de 12 años, tiene muchos enemigos que no desean que efectivice su reinado. La presencia inesperada de Kenshi y sus particulares habilidades serán determinantes en la guerra que está a punto de estallar.


No, no es una serie para el público filosófico. No ofrece ningún desafío para el intelecto y tampoco lo intenta, uno intuye el final desde el primer episodio (es más, uno se da cuenta del rol de cada personaje en el momento en que lo presentan). No hay mayores explicaciones acerca de lo que está pasando, simplemente uno acepta que es así. Incluso hay giros argumentales que, si resultan inesperados, es porque no tienen demasiada lógica y uno queda parpadeando y preguntándose en qué pensaba el guionista. Pero eventualmente uno se acostumbra, y para el 2° capítulo a uno ya no le importa, porque no es uno quien lo mira, es el quinceañero que tiene dentro: mechas, naves que son mas bien islas flotantes (a la Laputa), chicas bien dotadas en paños menores o en trajes apretados, luchas entre mechas y naves y espadas y rayos y centellas. Cuando termines la serie tu quinceañero interior estará tan vivificado que te vas a preguntar si te levantas temprano para ir a trabajar o para ir al liceo.


Y lo digo a pesar de que para la fecha de su emisión, y teniendo en cuenta que se distribuyó como OVA, no estamos ante el animé mas picante de su momento ni mucho menos. Si, hay un fan-service casi constante que permea todos los capítulos, y sí hay alguna que otra escena un tanto subidita de tono, pero no son nada en comparación con lo que han mostrado otras series contemporáneas de esta.
La animación es buena pero no es de las mejores. Un diseño de personajes agradable pero no sublime. Diseños mecánicos buenos, pero no demasiado innovadores. La música es adecuada pero no deslumbra. Las escenas de acción son divertidas y bien pensadas pero no son impactantes.En definitiva se puede decir que es un animé que promedia en todo y no tiene más propósito que el divertirnos un rato, un propósito que cumple, suponiendo que no nos hayamos levantado demasiado exigentes.


No es un animé inmirable, para nada, es divertido de ver y tiene momentos que son verdaderamente disfrutables (algunas secuencias de artes marciales son muy bien logradas). No aporta nada nuevo, pero tampoco se lo proponía al inicio de todo, así que no miente. Consigue incluso, dejarle a uno la espina acerca de qué sucede luego, espina que acaso se retire este año con la aparición de una nueva serie de OVAs dentro de la misma continuidad a mediados de este año.

martes, 5 de abril de 2016

Enojo

Me enojo. Me enojo un montón.
Me enojo cuando mi estupidez me limita.
Me enojo cuando mi prejuicio me impide ver.
Me enojo cuando no puedo comprender.
Me enojo cuando me impiden hacer lo que considero justo y correcto.
Me enojo cuando intentan hacerme participe de lo que a mi entender es inmoral.
Me enojo cuando puedo hacer 100, pero hago 45.
Me enojo cuando acepto el fracaso como un resultado final posible.
Me enojo cuando fracaso y no tengo la voluntad para cambiar mi forma de enfrentar el problema.
Me enojo cuando me aferro a mi ignorancia como si fuera cultura.
Me enojo cuando no cuestiono y me enojo si me cuestionan.
Me enojo cuando me decepciono y cuando decepciono a alguien.
Me enojo cuando me vuelvo egoísta.
Me enojo porque no entiendo, me enojo porque no quiero entender y me enojo porque a veces no puedo entender.
Me enojo porque no he logrado lo que me he propuesto y hay días que parece que no lo voy a lograr.
Me enojo conmigo mismo y me enojo con el mundo.
Me enojo con los males del mundo, que también viven en mi.
Me enojo todo el tiempo, y eso me enoja.
Y cuando uno esta enojado tanto tiempo se vuelve triste.
Ya no quiero seguir triste, ya no quiero enojarme tanto.
He probado dejar de sentir, ser insensible y no me sale.
He probado anestesiarme, saturarme de otras sensaciones y dura muy poco.
He probado actuar como adulto, y me resulta muy falso.
He querido dejar de ser yo mismo, pero no hay nadie más quien pueda ser.
He procurado entenderlo todo, pero hay cosas que se me escapan.
Y estoy cansado.

martes, 8 de marzo de 2016

De Nacimiento

Nací de sexo masculino. No tuve injerencia en ese hecho. Ya en la infancia, sin embargo, las diferencias claras entre el trato que se da a niños y niñas me quedó claro: las niñas deben jugar a la casa, a las muñecas, los niños debíamos jugar al fútbol, a "los bandidos". Ahora bien, como seguramente sucede en muchos casos, mi vida tiene sus particularidades que me permitieron ver que lo que se establece por norma en la sociedad no es precisamente cierto para todos. Viviendo junto a mis abuelos, pude verlos trabajar a la par en sus profesiones, y mi abuela, siendo costurera, me enseñó a tejer y a usar la máquina de coser, a cambiar botones, a bordar. A mi me atraían esas habilidades, tradicionalmente femeninas, porque permitían crear. También observé cómo mi madre llevó en su vientre a mis hermanos, como ella transformaba ingredientes en el almuerzo de cada día, cómo devolvía a la ropa sucia la pulcritud, como su presencia hacía más llevadero el dolor de una herida.
Así, desde chico, asocié la figura femenina con la capacidad innata de crear. Esa imagen, acaso idealizada, de la mujer me acompañó también durante los años de Escuela y Liceo, reforzada ahora por el hecho de que me resultaba más llevadera la compañía de mis compañeras de clase que de mis compañeros.
Entre varones siempre sentí una inexplicable presión, una cierta competencia, una necesidad de "ser más que" y eso me resultaba agotador, hasta insoportable. Siendo yo flaco y menudo, con poca o ninguna habilidad atlética y sin gusto por el fútbol o la vulgaridad sin sentido, me sentía fuera de lugar entre los varones. Tampoco podía, como hombre, demostrar abiertamente mis emociones, porque "el hombre no llora". No había, entre mis compañeros de clase, muchos comentarios constructivos acerca de las mujeres, nadie elogiaba el intelecto, la sensibilidad o la creatividad, más bien se tenía que elogiar lo físico, porque eso, aparentemente, es todo lo que le importa al hombre. No así entre mis compañeras, ya que siempre encontré amistad, empatía y ecuanimidad con las mujeres. Entre esas amigas de mi juventud encontré mis primeros amores,  pero comencé, también, a observar que mi condición de varón me daba ventajas sobre ellas. Si, ellas también estaban sometidas a presiones semejantes a las mías.
Las mujeres, pude ver, estaban casi forzadas a ciertas carreras mientras que la autoridad tendía al varón. Me llamaba la atención la abundancia de profesoras y la escasez de profesores. Muchas enfermeras y muchos médicos, no así enfermeros o médicas. Se oía hablar de secretarias, pero no de mujeres gerentes, directoras (a  no ser en escuelas o liceos), ministras, senadoras.Y sin embargo era de ellas que me llegaban muchas las más grandes influencias de mi vida: mi abuela, mi madre, maestras y profesoras, compañeras de clase y de trabajo. Todas ellas más capaces que yo, más talentosas, pero como yo soy varón, tuve y tengo mayores oportunidades en el ámbito social, académico y laboral.
Sin embargo sigo admirándolas, esforzándome por hacer eco de su ejemplo, intentando con mis habilidades y talentos que otras mujeres elijan los caminos que la sociedad les niega, usando sus caminos y su vida como aliciente para ellas, y como recordatorio para mi y para mis alumnos de esas desigualdades injustas. Sigo envidiando ese don natural, esa capacidad innata de crear que llevan consigo y que comparten con todos.
Sé muy bien que esta descripción es muy idealizada. De la misma manera que conozco muchos hombre que me hacen avergonzarme de mi género, hay mujeres que son igualmente censurables. Pero eso no evita que siga admirando a las mujeres en su belleza, su inteligencia, su dedicación y su larga y dura lucha por la igualdad. A ellas mi saludo y mi respeto.


martes, 30 de diciembre de 2014

Contando las horas y los minutos: una reflexión de fin de año

Quería hacer una reflexión de fin de año en mi blog, y sentí que no podía, no todavía.
Tantas cosas han sucedido, cosas buenas y cosas malas, las dos a montones.
Tantas experiencias, ilusiones y desilusiones, sueños cumplidos, sueños rotos, desafíos y obstáculos y llanos y montañas. Tuve lluvia, canté y lloré bajo ella, tuve sol, tuve tormentas y tuve arcoíris.
Tuve a mis sobrinos, a mis hermanos, a mis cuñados y cuñadas, tuve a mis amigos, en público y abiértamente, y tuve, en lo privado y de forma solapada, a mis enemigos, uno de los cuales a veces me mira a los ojos cuando observo el espejo.
Tuve a mis alumnos, benditos sean todos ellos.
Tuve triunfos, tuve ceremonias, tuve reconocimientos, tuve fracasos, tuve rechazos, tuve amonestaciones y juicios.
Tuve aciertos, tuve errores, tuve bendiciones y tuve pecados, tuve genialidades y tuve burrezas. tuve razón y estuve equivocado. Lo tuve todo y lo perdí todo y lo encontré de nuevo de una forma distinta.
Vi maravillas, vi terrores, vi amor y vi odio.
Alrededor mío y dentro mío convivieron la calma, la locura, la tolerancia, la insensatez, el terror, el coraje, la rebeldía, la sabiduría, la obediencia y la necedad.
Fue año largo y agotador que pasó muy rápido y me dejó pidiendo más.
Y el año que viene lo espero con nuevos desafíos en mi mochila, nuevas esperanzas en mi corazón, nuevos objetivos, nuevas tierras, nuevas alturas, nuevos conocimientos para comprender, viejas metas para alcanzar, antiguas promesas que cumplir.
Empiezo el 2015 como termino el 2014, a la expectativa, esperando el alba, aguardando el ocaso, remontando el día, vigilando la noche.
Y con esta prosa endeble, estas "linhas tortas" (en portugués "lineas torcidas") como dice Gabriel o Pensador, le deseo al lector, lo mismo que deseo para mi, un año de avance, un año de crecer, de superar, de ir más allá, un muy feliz año nuevo, porque los buenos deseos se escriben igual en todas las ideologías.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Una de terror

Primero quiero mostrarles unas fotos de mis alumnos, véanlas bien, por favor:







¿Están enternecidos?¿emocionados?¿inspirados? ¿no? que lástima, deberían, pero no se preocupen, los entiendo. Después de todo no los conocen, ni han visto sus luchas, ni su esfuerzo, ni nada. Además, todos estamos demasiado ocupados con "asuntos importantes" como para darle media bolilla a un grupete de gurises que están terminando cuarto año del liceo, ¿no?. Bueno es justamente de eso que quiero tratar en este artículo, porque nosotros, ciudadanos promedio de nuestra querida República Oriental del Uruguay, que trabajamos, pagamos nuestros impuestos, nuestra televisión por cable y nuestra conexión a Internet, tenemos mucho, muchísimo que aprender de estos gurises.

Hace muy poco que soy docente de tiempo completo, solo dos años. Soy docente, permítanme aclararlo, por elección propia y no por desesperación, como parecen pensar demasiados de mis conciudadanos. Yo elegí esta carrera, aún cuando ya tenía un trabajo cómodo y clientela en abundancia como técnico reparador, instalador y diseñador de páginas web.
Les doy clases, sobre todo, a alumnos de bachilleratos en cursos de informática técnica, y tengo bajo mi responsabilidad más o menos la mitad de sus asignaturas, debido a que en el interior no hay demasiados docentes preparados en esta área particular. Eso implica que paso muchas horas con ellos, en algunos días estoy con ellos la mitad o más del total de horas que están en la Escuela Técnica, y uno llega a conocerlos un poco. También llega a plantearse metas acerca de cómo uno quiere influenciarlos, en qué dirección y con qué propósito.
Cuando un docente como yo pasa tantas horas con los gurises, siendo yo aún jóven, idealista, con mi carita de bebé (que si me afeito parezco de 20 en vez de los 30 pirulos que cargo encima), uno empieza a relacionarse con sus alumnos de forma más profunda, más entrañable, más humana. Y descubre que ellos, los gurises, lo están observando a uno.
Lo hacen todo el tiempo, consciente e inconscientemente y adoptan comportamientos, costumbres, formas de hablar, formas de trabajar y formas de pensar. Y eso me ha hecho sudar frío más de una vez. Por ejemplo en lo más superfluo, mis alumnos aprendieron de mi el fino arte de decir chistes malos, algunos con pericia insuperable. Pero si aprendieron eso ¿qué otras cosas "no curriculares" han aprendido? Puedo decir y con algo de orgullo que han aprendido mucho más de lo que yo podría haberles enseñado jamás en un año escolar.
Han aprendido a trabajar en proyectos ideados por ellos, han aprendido que pueden crear cosas de casi la nada y que pueden hacerlo bien y que esas creaciones pueden ser lo suficientemente novedosas como para atraer la admiración y el aplauso. Han aprendido que pueden trabajar en equipo, repartiéndose las tareas de forma deliberada, optimizando tiempo y esfuerzo. Han aprendido que las diferencias pueden ser factores potenciadores en un equipo, que el compañero o compañera más callado y retraído puede ser perfectamente un líder en ciertas áreas y que mejor lo reclutan rápidamente para el trabajo. Han aprendido a cuestionar las ideas, aún las que expresa el profesor. Han aprendido a hacerse cargo de sus actos, de encarar las responsabilidades. Han aprendido a probar cosas nuevas, aunque en algún momento les parecieron incomprensibles y que a pesar de eso, les pueden gustar. Han aprendido a aceptar y tolerar lo que no entienden del otro. Han aprendido que los defectos personales pueden enfrentarse y superarse, que pueden ser mejores. Han aprendido que competir no significa necesariamente pisar en el pescuezo al contrario y que el deseo de la excelencia puede ser un valor en si mismo. Han aprendido que a veces las cosas sencillamente no salen como uno quisiera y que sin embargo el tiempo invertido no es una pérdida. Han aprendido que aprender puede ser divertido. Han aprendido que "el profe" es un ser humano igual que ellos, que se enoja, se entristece, se cansa, se equivoca, y que también los necesita a ellos para ayudarlo a ser mejor. Han aprendido mucho más que lo que yo les enseñé, han aprendido tanto que me han enseñado a mi. Han aprendido tanto que me siento orgulloso y privilegiado de ser su profesor. Y no, no son superdotados, son gurises ruidosos y revoltosos que se olvidan de estudiar, que arman tremendos desórdenes en cuanto uno sale del salón y que conversan a los gritos, dejándome agotado y superado después de una clase con ellos. Algunos abandonaron, otros no han superado las exigencias del curso y deben rendir exámenes este diciembre. Gurises normales, hijos de cualquier vecino. Gurises excepcionales que bien podrían sacudir el "establishment" en unos años con ideas revolucionarias que yo soy incapaz de concebir. 

Y a estos gurises los tengo que devolver a ustedes, la sociedad que los envía a las aulas, cada tarde al terminar el día. Y ahí es cuando yo empiezo a temblar en serio. Porque este año, como nunca antes, la sociedad "adulta" de mi querido país se ha comportado como una manada de, por falta de mejor palabra, idiotas incivilizados. Algunos de ustedes, ciudadanos respetables en cualquier otra instancia, han perdido tanto el raciocinio que han expresado las ideas más bajas que he tenido el desagrado de leer: destratos, insultos, intolerancias, violentaciones, abusos, vociferaciones, faltas de respeto, degradaciones, etc. Algunos de ustedes han  cometido actos vandálicos con orgullo e impunidad en contra del derecho ajeno a expresarse mientras se suponen a si mismos como demócratas. Algunos de ustedes han insultado por lo más bajo a sus semejantes solo por el simple hecho de que piensan diferente. O sea que a mi, como docente, la sociedad me pide y me exige que inculque a sus hijos para que sean ciudadanos responsables, pero entonces la sociedad misma, con sus acciones, les enseña todo lo contrario, glorificando la irracionalidad y lo que en general solo se puede calificar de barbarie y estupidez.

Probablemente el problema sea el año que vivimos, un año electoral. Las pasiones ideológicas irracionales están a flor de piel, y todos creemos estar del lado correcto del tablero de las ideas. Y eso es complicado para todos nosotros, lo entiendo, siendo tan caudillistas como somos, siempre detrás de algún estandarte que suponemos es el mejor de todos. Es comprensible. No que pueda entenderlo realmente, pero alguna cosa tenía que decirles para que se sientan mejor.
Pero permítanme pedirles una cosa, en cuanto termine el año electoral y quememos las papeletas en el fuego de algún asado, pregúntenle a sus hijos qué cosas han aprendido de ustedes este año y luego obsérvenlos. Si los ven actuando de forma irresponsable, inmadura, destructiva y les dicen que se vayan a algún lugar desagradable, entonces señores y señoras, han aprendido a la perfección la lección que ustedes han impartido toooodo este año. Porque si me observan con tanto detenimiento a mi, que solo comparto muy pocas horas con ellos, que han aprendido a hacer mis chistes malos mejor que yo, ¿qué podrán aprender de ustedes, los adultos que los han traído a este mundo y se supone que velan por su bienestar? Ustedes saquen sus propias cuentas, y en lo posible no me compliquen más mi trabajo, suficiente tengo con des-enseñar toda la porquería que la sociedad les mete en la cabeza a los pobres.

martes, 10 de junio de 2014

"Loco, un poco nada más..."

Hacía tiempo que no tenía la dicha de ser tratado de loco, o de mal de la cabeza que viene a ser lo mismo, y hoy tuve esa dicha.
Y es para tomar nota, porque, al parecer, y dadas las circunstancias en las que recibí el apelativo, para ser loco hoy en día basta con reunir estas características:

  • Ser crítico y cuestionador
  • Gustar del debate argumentativo
  • Ser frontal con las ideas
  • Analizar las ideas de propios y ajenos como quien analiza software: buscando fallas y omisiones
  • Considerar al gobierno mi empleado y no mi lider
Parece que acá en el paisito uno no puede usar guiones propios y debe plegarse a discursos ajenos, porque el acto político parece reducirse a votar, a levantar una banderita en un acto desabrido y seguir como oveja al sobrino de alguien. Lo siento pero no, no me creo ese cantar, no soporto eso, creo y apoyo la multiplicidad de ideas y puntos de vista y lo considero una ventaja comparativa.
Tengo amigos cristianos, agnósticos, ateos y umbandistas, frentistas, blancos, colorados e independientes, bolsos, manyas, de Danubio y de Defensor, rockeros, folcloristas, cumbieros y románticos, técnicos, principiantes, profesionales y no iniciados, carnivoros, omnivoros y vegetarianos, etc. Con ninguno coincido al 100%, pero con todos ellos debato, con todos ellos argumento, y gracias a eso de todos ellos aprendo. Y gracias a ese aprendizaje he llegado mucho más lejos que lo que yo esperaba. Pero en Uruguay le tenemos miedo al debate, y no solo al debate político, al debate en general.

Creo que se debe a que realmente no estamos seguros de lo que creemos, de las ideas que apoyamos, me atrevo a decir que no estamos seguros de nosotros mismos, y en parte se puede justificar. Después de todo somos hijos de una sociedad que sistemáticamente defrauda nuestros ideales, que en vez de empujarnos a la excelencia, festeja con fuegos artificiales el patetismo y la mediocridad, que celebra al vivo y humilla al honesto, al sincero, al idealista. En semejantes circunstancias es muy fácil perder el ánimo, la fe y la esperanza, si lo sabré yo que repetidas veces he remendado mis ideales con parches de realismo. Pero esto solo es una justificación parcial.

¿En qué ideales creemos? ¿marxismo, socialismo, cristianismo, neoliberalismo, comunismo, anarquismo, imperialismo, umbandismo, islamismo, consumismo, egoismo, centralismo, politeismo, queseyoismo? ¿en qué? si creemos en esos ideales, entonces deberíamos estar dispuestos a ponerlos en la mesa de debates, de decir con voz firme "creo en esto, me parece el mejor camino, y me parece así por estos motivos". Acaso nuestros argumentos fallen, sean rechazados, sean refutados, pero si no los expresamos puede pasar algo peor: que nuestros ideales sean ignorados. Además, quien piensa que el debate es una lucha de ideas nunca ha debatido, el debate es la forja de ideas, es donde las ideas son puestas bajo el fuego y el martillo del cuestionamiento, donde se desechan los conceptos inútiles y queda el núcleo candente expuesto para tomar formas nuevas e inesperadas. En el debate las ideas evolucionan, no solo en la mente de quienes debaten, en las mentes de quienes los escuchan. Porque la idea y el ideal son el comienzo, no el fin de todo esto, son el sustrato de donde partimos para definir la puesta en práctica. Las ideas, por si mismas son inútiles, letra muerta, pero en acción son poderosas y cuando ideas diferentes que apuntan a un mismo fin se combinan para crear algo nuevo, las ideas son revolucionarias, desestabilizadoras.

Así que a mi interlocutor que me llamó loco le digo: seguiré siendo loco por más tiempo, perfeccionando y refinando mis ideas, poniéndolas a trabajar para crear soluciones, yo seguiré cuestionando aunque a ti no te guste, es más, voy a cuestionar porque a ti no te gusta, porque a ti no te da el valor para hacerlo. Voy a soplar el débil castillo de naipes de tus ideales con mis argumentos, porque sé que lo que quede en pié, solo eso te será útil para construir algo nuevo. Lo demás es puro adorno, y en las ideas, los adornos estorban.

lunes, 23 de diciembre de 2013

La cualidad humana, o la libertad de equivocarse

Cada vez que estalla un escándalo público, una conmoción política, una crisis financiera o se cae un florero pasa lo mismo: pedimos la cabeza del responsable. Hay una necesidad casi subconsciente de saber quién lo hizo, de tener un responsable, y sobre todo, de afirmar que el responsable no fue uno. Es que los seres humanos tenemos un terror que solo puede calificarse de patológico de afirmar algo que de hecho es lo más natural y obvio del mundo: nuestra tendencia intrínseca al error, una cualidad tan humana que de hecho prefiero referirme a ella como la cualidad humana. Porque es un aspecto que nos identifica como parte de la especie humana, algo que nos conecta con nuestros semejantes, que nos iguala, y que sin embargo pretendemos ocultar por todos los medios posibles.
Es muy sencillo de observar, en especial cuando algo revienta y la porquería salta en todas la direcciones. En esas circunstancias todos, sin excepción repetimos los mismos y milenarios mantras del "yo-no-fuí-fue-otro", "no-fuimos-nosotros", "no-creemos-que-haya-sido-nuestro-amigo", etc, etc. Y es que nadie quiere cargar con las consecuencias del error (salvo que el error redunde en beneficios, caso en el cual todos, alegremente, nos declaramos responsables...), nadie quiere admitir ante la mirada pública su tendencia humana al error. Es más, a tal punto estamos obsesionados con no admitir la posibilidad de nuestra falencia que no dudamos en negarle esa cualidad a nuestros semejantes, acto que llamamos, de forma casi ingenua, confianza. Lamentablemente, cuando en nombre de la confianza le negamos a nuestro prójimo la posibilidad del erro, de la debilidad, de la distracción, le estamos negando asimismo su existencia, su naturaleza humana.
Porque nuestra tendencia a la imperfección, si la aceptáramos, podría ser una de nuestras fortalezas más grandes. Imaginemos una máquina diseñada para avanzar en línea recta, y sólo en línea recta, ya que de esta manera fue especificado por quienes encargaron su manufactura. Imaginemos ahora que en su camino hay un imprevisto: una piedra que imposibilita su camino y si pecha contra ella, la máquina se dañará . Sin embargo, de forma fortuita, la máquina se desvía a tiempo y evita la piedra. Sin dudas que la máquina es imperfecta y no cumple con las especificaciones, pero el error evitó que se estrellara contra la piedra y los daños que esto implicaría. En el mismo sentido el error puede ser beneficioso para nosotros si lo tenemos en cuenta, porque sabemos que existe esa posibilidad, que aunque fulano jure y perjure que seguirá por determinado rumbo sin importar los obstáculos en su camino, es posible que de pronto cambie de rumbo, que se detenga o incluso que retroceda. Acaso es una posibilidad mínima, pero es una posibilidad, como también lo es la confianza, porque algo o alguien es confiable si su comportamiento en determinadas circunstancias es el mismo la mayor parte de las veces.(1)
Otro aspecto negativo del negar nuestra tendencia al error es que le negamos a nuestro prójimo la posibilidad de mejorar, de superarse, lo cual también es una forma de error ya que es un cambio en su comportamiento previsible. Vamos, que gran parte del desarrollo tecnológico se lo debemos a la interminable cadena de intentos y errores con los que hemos ido mejorando los objetos y los dispositivos que utilizamos en nuestra vida diaria.
Por eso yo creo que, por nuestro bien y el de la sociedad, debemos aceptar plenamente nuestra tendencia al error. Yo puedo errar, tu puedes errar, el puede errar, ella puede errar, ellos pueden errar, todos podemos errar. Y como lo sabemos, lo tendremos en cuenta, dándonos un margen de error: "Sé que probablemente vas a cometer equivocaciones, así que el objetivo que te voy a dar no es puntual, sino más bien una zona de acierto dentro de la cual no vas a tener problemas", algo así.
Además es algo que ya lo sabemos y lo utilizamos: la justicia cuenta con la tendencia al error de los criminales para encontrar las pistas que los incriminen, y los criminales cuentan con la tendencia al error de la justicia para realizar el ilícito.
Lo más hermoso del ser consciente de nuestra tendencia al error, es que no todos fallamos en las mismas cosas. Eso me permite complementar mi trabajo con mi compañero: "Yo erro en las áreas A y D, vos en las áreas B y C, así que entre los dos deberíamos ser capaces de completar las cuatro áreas".
El error está en nuestra naturaleza, cuando yo le digo a alguien "Sé que vas a equivocarte", no estoy rebajándolo, no estoy faltándole el respeto, ni siquiera estoy siendo especialmente desconfiado, sino que estoy reconociendo su humanidad. Es una forma de decir: "Somos iguales, eres un ser humano como yo, con la capacidad de errar, tus errores no me van a horrorizar de la misma manera que espero que los míos no te horroricen". Es una forma de aceptarse y de comprenderse, de darse un espacio, un margen de error.
Ahora bien, esto no significa que no importa el error que cometamos. Si mi error implica el sufrimiento o incluso la muerte de mis semejantes, si implica pérdida de empleos, deterioro de la salud y desmedro de la calidad de vida en cualquiera de sus formas, entonces debo tener muy en cuenta mi tendencia al error, porque mis errores, al igual que todas mis acciones, afectan, con sus consecuencias, a todos los que me rodean, y más aún si mi puesto de trabajo tiene un cierto nivel de importancia: un médico, un juez, un constructor, un docente, un legislador, un gobernante, etc.
Conocer que soy capaz de errar implica también la responsabilidad de aprender de los errores y admitirlos, públicamente si es necesario, y por supuesto, afrontar las consecuencias de mis actos. Debo admitir que me agradó la actitud del ministro Lorenzo al renunciar a su cargo, no me alegra, pero habla bien de el, habla de un hombre que se equivocó, acaso con mayúsculas, pero que voluntariamente se puso a disposición de la justicia, eso es bueno, es un ejemplo excelente de que hay gente que esta dispuesta a admitir que es capaz de errar. No me gustó en cambio la previsible reacción del Frente Amplio, que asegura que los acusados actuaron de buena fe, no porque crea que actuaron de mala fe, sino porque les quitan a los acusados esa posibilidad, les roban su humanidad ante la sociedad ¿acaso no es posible, que en un momento de debilidad personal hayan pensado y actuado de forma egoísta? ¿hay alguien entre todos los seres humanos que sea incapaz de actuar de forma egoísta?. Yo sé, que yo soy incapaz de actuar de forma 100% desinteresada, algún interés siempre existe, aunque ese interés sea el bienestar de mis semejantes. Aún en ese caso tengo interés propio: me hace sentir bien que los demás vivan mejor, así que ¿qué tiene de raro que a un jerarca de un banco o de una cartera del estado le temblaran las manos en un momento de debilidad? son seres humanos, después de todo.

(1) Este concepto de la confianza como probabilidad y no como certeza es muy manejado por los ingenieros, una profesión que no abunda en nuestra sociedad, lo cual plantea hipótesis interesantes sobre el efecto que tiene esto en el comportamiento de la sociedad.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Para ver mejor

Desde hace varios meses, tras la adquisición de una herramienta adecuada para la tarea, he podido dedicarle tiempo a una actividad que siempre me ha fascinado: la fotografía.
Aún recuerdo cuando mi padre me puso en las manos nuestra vieja cámara familiar, la cual nos sirvió fielmente muchos años, aunque no muy seguido, ya que los rollos y los revelados resultaban carísimos para la nunca muy estable economía familiar. Ese día, mi padre me explicó que tenía que tener cuidado al encuadrar la foto para no "decapitar" a nadie. Mirar por el objetivo (con el tinte verdoso que tenía y las líneas de mira, me recordaban las escenas de los aviones de combate que veía por la tele), activar el flash, con el zumbido tan particular, casi cibernético que hacía, hasta finalmente presionar el botón y escuchar el chasquido del obturador. Era un ritual casi mágico.

miércoles, 23 de octubre de 2013

El colmo de los adultos

Motivos personales para que un "conservador" esté en contra de la baja de la edad de imputabilidad

Quienes me conocen personalmente saben que mi posición ideológica es un tanto controversial. Como me autodefino como anarquista-cristiano se podría decir que soy "conservador". No conservador, ni conservador, ni siquiera conservador. Así, entre comillas, "conservador", porque lo único que comparto con el conservador propiamente dicho es algunos conceptos generales y ciertas tendencias ideológicas, por lo demás prefiero analizar la situación por mi cuenta y sacar mis propias conclusiones, reservándome el derecho de cambiar las mismas cuándo y como lo considere necesario. Según voy pensando, voy siendo, y el tema del título no es una excepción. Así que soy "conservador" y estoy en contra de la baja de la edad de imputabilidad.
Las motivaciones socio-políticas para estar en contra de la baja a la edad de imputabilidad son expresadas de forma muy clara por Victoria Vaz en este artículo, así que no voy a ahondar en ese tema. Yo quiero expresar un punto de vista más personal y cortando un poco más grueso, porque mi punto de vista es que al bajar la edad de imputabilidad estamos culpando al equivocado (por no mencionar que lo considero una medida totalmente inútil), permítame el lector el explicarme.
Pensando al respecto, me encontré con varios prejuicios que van de la mano con este proyecto, los cuales se nutren de la llamada "sensación de inseguridad" que parece experimentar la sociedad. El ciudadano promedio, según se puede discernir, esta, en muchos casos, convencido de que nuestra sociedad se ha vuelto más insegura y le han proporcionado hechos y cifras para corroborarlo y afirmar su convencimiento, y como no puede ser de otra manera, la sociedad también ha elegido un chivo expiatorio: el "adolescente infractor".
Como todo chivo expiatorio, se lo caracteriza según una serie de estereotipos que representan todo aquello que la sociedad rechaza: el adolescente infractor ha de ser de barrios marginales, desertor de los estudios, sin cultura de trabajo y tendiente a abusar de substancias adictivas o seguramente adicto empederinido a las mismas. Seguramente esta descripción les recreó la imaginación con mucha facilidad, poblándola con algún rostro que habrán visto al pasar por algún barrio. Quizás hasta habrán asentido de forma incosciente al leer las características que mencioné. Les confieso que durante un buen tiempo yo supuse lo mismo, esa clase de personaje era lo que me venía a la mente cuando escuchaba la crónica policial, hasta que me sucedieron dos cosas, la primera, fue comprobar que de hecho semejante descripción tan acotada es incorrecta: los nenes limpios y bien peinados de los colegios privados son tán capaces de ser adictos, ajenos a la cultura de trabajo y capaces de crímenes violentos como el márginal más desesperado. La segunda fue trabajar con adolescentes de las dos puntas de la escala socioeconómica en el aula y noté con profunda desilusión que la raíz del problema no estaba en los adolescentes, ni en las circunstancias sociales amplias donde esta creciendo. La radicación del problema es más puntual y mucho más seria, porque el problema se encuentra en quienes lo han diagnosticado: el problema son los "adultos".
Desde mi adolescencia me han quedado muy claras las innegables ventajas de las que disfrutan los adultos en la sociedad: la sociedad adulta establece las reglas y las excepciones, define los derechos y las obligaciones, niegan y otorgan favores y oportunidades al resto de la sociedad. Ahora bien, como cualquier docente sabe o debería saber, el comportamiento que el adulto exhibe en la sociedad es el modelo que todo niño y adolescente sigue aún a niveles inconscientes. Hasta el más rebelde de los adolescentes sigue, inexorablemente, el modelo que le muestra la sociedad adulta, representada por un padre, madre o tutor legal o informal que esta presente en su vida. 
¿Y qué modelo de adulto es el predominante? ¿a qué clase de adulto la sociedad parece rendir pleitesía? miremos los anuncios, los programas televisivos, las telenovelas, las películas y demás expresiones masivas de los medios de comunicación y tendremos una respuesta que debería ser desoladora, porque el "adulto exitoso" se caracteriza por ser despilfarrador y materialista, ajeno a los compromisos personales o sociales, dedicado a la auto-satisfacción y consumidor ávido de substancias claramente adictivas. El adulto exitoso no se ata por nadie, sea este alguien progenitores, semejantes, cónyuge o hijos, pues nada puede ni debe interponerse en la búsqueda constante de satisfacción personal, lo cual pone a los derechos de los demás en segundo plano, supeditados a los propios. ¿Les suena conocido? bueno, estos adultos (o al menos individuos que intentan seguir estos parámetros consciente o inconscientemente) son quienes están "criando" (si se puede llamar crianza a eso que hacen) a los adolescentes. 
Como docente he observado las mismas características de descuido propias de esta clase de "crianza moderna" en alumnos de colegios privados y en los grupos de liceos localizados en contextos sociales críticos, y en consecuencia, la misma clase de comportamiento en los adolescentes. El adolescente imita a los adultos, quiere ser como ellos, anhela esa posición de privilegio, y el adulto le enseña con sus actos que ser adulto implica actuar como si nada importara, pasando por encima de los derechos del otro y obteniendo el objeto del deseo por la fuerza si es necesario.
No es de extrañar, pues que los adolescentes, en el intento desesperado de emular el comportamiento egoísta y hedonista de los adultos cometan toda clase de excesos. Si, estimado lector, el culpable de que los adolescentes eventualmente incurran en la criminalidad no es el adolescente "inadaptado para la vida en sociedad", sino los adultos que nunca le enseñaron apropiadamente a vivir adaptado a la sociedad, o mejor dicho que le han enseñado adecuadamente cómo llegar a los extremos más desgraciados. Y por supuesto, como el adolescente no puede determinar la reglas, las consecuencias de sus actos deben recaer sobre el, mientras los adultos se lavan alegremente las manos.
Así que la sociedad adulta, en vez de realizar la autocrítica y autocorrección correspondiente piensa sacrificar al culpable equivocado, porque admitir lo otro es admitir que su modo de vida, que la filosofía hedonista y egoísta que impera en nuestras cabezas es la responsable de lo que sucede, de que en los crímenes cometidos por menores, fuimos los adultos los que apretamos el gatillo, no en el lugar, sino al no criarlos, al no ser padres porque nos interesaba más vivir nuestras vidas "adultas".
Ustedes sabrán lo que hacen, yo, por mi parte, quiero asumir mi porción de la culpa y desde donde estoy ver que puedo hacer por mis alumnos, que, digamos la verdad, es muy poco.


jueves, 12 de septiembre de 2013

Lewis Carroll y sus poemas: una opinión personal

Debo confesar que nunca he leído los libros de Charles Lutwidge Dodgson (mejor conocido por su seudónimo artístico: Lewis Carroll), apenas algunos fragmentos desconectados, como es el caso de este poema que es parte de "A través del espejo".
El poema en cuestión se llama "La morsa y el carpintero" y ha tenido (al igual que el resto de la obra y la propia vida de Carroll) diversas interpretaciones, cosa que al parecer le agradaba a Carroll. Tras leerlo mi impresión es la de crítica social, sobre todo por sus semejanzas al manejo que se suele hacer de las masas mediante el lenguaje, léanlo y saquen sus conclusiones, que yo al final les compartiré las mías:


En Inglés En Español
The sun was shining on the sea,
Shining with all his might:
He did his very best to make
The billows smooth and bright—
And this was odd, because it was
The middle of the night.

The moon was shining sulkily,
Because she thought the sun
Had got no business to be there
After the day was done—
"It's very rude of him," she said,
"To come and spoil the fun!"

The sea was wet as wet could be,
The sands were dry as dry.
You could not see a cloud, because
No cloud was in the sky:
No birds were flying over head—
There were no birds to fly.

The Walrus and the Carpenter
Were walking close at hand;
They wept like anything to see
Such quantities of sand:
"If this were only cleared away,"
They said, "it WOULD be grand!"

"If seven maids with seven mops
Swept it for half a year,
Do you suppose," the Walrus said,
"That they could get it clear?"
"I doubt it," said the Carpenter,
And shed a bitter tear.

"O Oysters, come and walk with us!"
The Walrus did beseech.
"A pleasant walk, a pleasant talk,
Along the briny beach:
We cannot do with more than four,
To give a hand to each."

The eldest Oyster looked at him.
But never a word he said:
The eldest Oyster winked his eye,
And shook his heavy head—
Meaning to say he did not choose
To leave the oyster-bed.

But four young oysters hurried up,
All eager for the treat:
Their coats were brushed, their faces washed,
Their shoes were clean and neat—
And this was odd, because, you know,
They hadn't any feet.

Four other Oysters followed them,
And yet another four;
And thick and fast they came at last,
And more, and more, and more—
All hopping through the frothy waves,
And scrambling to the shore.

The Walrus and the Carpenter
Walked on a mile or so,
And then they rested on a rock
Conveniently low:
And all the little Oysters stood
And waited in a row.

"The time has come," the Walrus said,
"To talk of many things:
Of shoes—and ships—and sealing-wax—
Of cabbages—-and kings—
And why the sea is boiling hot—
And whether pigs have wings."

"But wait a bit," the Oysters cried,
"Before we have our chat;
For some of us are out of breath,
And all of us are fat!"
"No hurry!" said the Carpenter.
They thanked him much for that.

"A loaf of bread," the Walrus said,
"Is what we chiefly need:
Pepper and vinegar besides
Are very good indeed—
Now if you're ready Oysters dear,
We can begin to feed."

"But not on us!" the Oysters cried,
Turning a little blue,
"After such kindness, that would be
A dismal thing to do!"
"The night is fine," the Walrus said
"Do you admire the view?

"It was so kind of you to come!
And you are very nice!"
The Carpenter said nothing but
"Cut us another slice:
I wish you were not quite so deaf—
I've had to ask you twice!"

"It seems a shame," the Walrus said,
"To play them such a trick,
After we've brought them out so far,
And made them trot so quick!"
The Carpenter said nothing but
"The butter's spread too thick!"

"I weep for you," the Walrus said.
"I deeply sympathize."
With sobs and tears he sorted out
Those of the largest size.
Holding his pocket handkerchief
Before his streaming eyes.

"O Oysters," said the Carpenter.
"You've had a pleasant run!
Shall we be trotting home again?"
But answer came there none—
And that was scarcely odd, because
They'd eaten every one.
El sol brillaba en el mar
Brillaba con toda su fuerza
Hacía su mejor esfuerzo para que
Las olas fueran suaves y brillantes—
Y esto es extraño, porque
Era la mitad de la noche

La luna brillaba malhumorada,
Porque pensaba que el sol
No tenía motivos para estar ahí
Una vez acabado el día—
"¡Es muy descortés de su parte", dijo
"El venir y arruinarme el momento!"

El mar estaba tan húmedo como podía estar,
La arena tan seca como la sequedad.
No podrías ver ni una nube, porque
No había nubes en el cielo:
No había aves volando encima—
Pues no había aves que volaran.

La morsa y el carpintero
se paseaban cogidos de la mano:
lloraban, inconsolables, de la pena
de ver tanta y tanta arena.
¡Si sólo la aclararan un poco,
qué maravillosa sería la playa!

–Si siete fregonas con siete escobas
la barrieran durante medio año,
¿te parece –indagó la morsa atenta–
que lo dejarían todo bien lustrado?
–Lo dudo– confesó el carpintero
y lloró una amarga lágrima.

¡Oh ostras! ¡Venid a pasear con nosotros!
requirió tan amable, la morsa.
–Un agradable paseo, una pausada charla
por esta playa salitrosa:
mas no vengáis más de cuatro
que más de la mano no podríamos.

Una venerable ostra le echó una mirada
pero no dijo ni una palabra.
Aquella ostra principal le guiñó un ojo
y sacudió su pesada cabeza...
Es gue quería decir que prefería
no dejar tan pronto su ostracismo.

Pero otras cuatro ostrillas infantes
se adelantaron ansiosas de regalarse:
limpios los jubones y las caras bien lavadas
los zapatos pulidos y brillantes;
y esto era bien extraño
pues ya sabéis que no tenían pies.

Cuatro ostras más las siguieron
y aún otras cuatro más;
por fin vinieron todas a una
más y mar y más... brincando
por entre la espuma de la rompiente
se apresuraban a ganar la playa.

La morsa y el carpintero
caminaron una milla, más o menos,
y luego reposaron sobre una roca
de conveniente altura;
mientras, las otras las aguardaban
formando, expectantes, en fila.

–Ha llegado la hora –dijo la morsa–
de que hablemos de muchas cosas:
de barcos... lacres... y zapatos;
de reyes... y repollos...
y de por qué hierve el mar tan caliente
y de si vuelan procaces los cerdos.

–Pero ¡esperad un poco!– gritaron las ostras
y antes de charla tan sabrosa
dejadnos recobrar un poco el aliento
¡que estamos todas muy gorditas!
–¡No hay prisa!– concedió el carpintero
y mucho le agradecieron el respiro.

–Una hogaza de pan –dijo la morsa–,
es lo que principalmente necesitamos:
pimienta y vinagre, además,
tampoco nos vendrán del todo mal...
y ahora, ¡preparaos, ostras queridas!,
que vamos ya a alimentarnos.

–Pero, ¡no con nosotras!– gritaron las ostras
poniéndose un poco moradas;
–¡que después de tanta amabilidad
eso sería cosa bien ruin!
–La noche es bella –admiró la morsa–
¿no te impresiona el paisaje?

–¡Qué amables habéis sido en venir!
iY qué ricas que sois todas!
Poco decía el carpintero, salvo
–¡Córtame otra rebanada de pan!,
Y ojala no estuvieses tan sordo
que, ¡ya lo he tenido que decir dos veces!

–¡Qué pena me da –exclamó la morsa–
haberles jugado esta faena!
¡Las hemos traído tan lejos
y trotaron tanto las pobres!
Mas el carpintero no decía nada, salvo
–¡Demasiada manteca has untado!

–¡Lloro por vosotras!– gemía la morsa.
–¡Cuánta pena me dais!– seguía lamentando
y entre lágrimas y sollozos escogía
las de tamaño más apetecible;
restañaba con generoso pañuelo
esa riada de sentidos lagrimones.

–¡Oh, ostras!– dijo al fin el carpintero.
–¡Qué buen paseo os hemos dado!,
¿os parece ahora que volvamos a casita?–
Pero nadie le respondía...
y esto sí que no tenía nada de extraño,
pues se las habían zampado todas.


En este poema se dan varias escenas con situaciones diferentes. Por un lado tenemos el dilema del sol, la luna y el mar: la luna se siente molesta por la extraña presencia del sol a medianoche, pero quienes están siendo verdaderamente afectados son el mar y la playa. Esta sección me recuerda a quienes se oponen a los cambios sin siquiera meditar al respecto, que los rechazan por ser cambios solamente (la luna), y también a los otros, quienes proponen el cambio sin más motivo que el cambio en sí (el sol). Quiénes sufren los cambios no tienen voz, llevan a cabo el cambio y a algunos parece beneficiarles (el mar) mientras que a otros les perjudica (la arena), pero nadie les consulta si están de acuerdo o no con el mismo, quienes no pueden adaptarse desaparecen y a nadie le importa ni considera las consecuencias que pueda tener dicha forzosa desaparición (las aves).
El segundo escenario es el que protagonizan los mencionados en el título, la morsa y el carpintero, que por algún motivo me hacen pensar en las ideologías políticas, tan dadas a polarizarse, pero cuyos actores, en realidad, pueden con mucha facilidad "caminar de la mano" según les convenga. No les preocupa demasiado la disputa entre el sol y la luna, les preocupa más que haya tanta arena en la playa (tantos que no ven con buenos ojos el cambio) y la morsa propone que se la debe barrer y que la playa debe ser lustrada. Es curioso cómo muchas veces las voces contrarias a un cambio impuesto son simplemente "barridas" por la palabra autorizada de expertos (las siete fregonas o sirvientas, el siete tradicionalmente es considerado el número de la completitud, de la perfección, etc.), como si fuera pecado estar en desacuerdo, como si la arena de la playa fuera un impedimento para el avance de las olas del mar.
El tercer escenario nos relata cómo estos dos convencen a las ostras de acompañarlos. La imagen de las ostras me resulta especialmente descriptiva del público general, de la masa, del ciudadano promedio. No demasiado formado, ni muy dado a razonar en profundidad. Sólo la ostra con más experiencia es lo suficientemente sagaz como para rechazar la invitación, todo el resto se siente honrado y los sigue sin mayores cuestionamientos. El motivo aparente de la invitación es para caminar y conversar sobre temas de gran relevancia: "de barcos... lacres... y zapatos; de reyes... y repollos... y de por qué hierve el mar tan caliente y de si vuelan procaces los cerdos". Para ello nuestros dos personajes han elegido unas rocas elevadas donde se han sentado, o sea, las ostras no están ahí para expresar su opinión, sino para escuchar la opinión autorizada de estos personajes acerca del tema. Las ostras están encantadas, no tendrán que pensar más al respecto, les van a solucionar estos temas y podrán volver al baúl de donde salieron sin que ellas esfuercen sus neuronas. Esto mismo sucedió con el aborto, tema tabú si los hay en nuestro país: nadie habla del mismo con claridad y quienes lo hacen se refugian en los estrados, mientras tanto, como las ostras, hemos aceptado la solución que se nos ha impuesto no porque nos pareciera lo mejor, sino porque es lo más cómodo: Papá Estado lo solucionó por nosotros, ¿qué necesidad hay de pensar al respecto?. Como dijo La Chancha en su canción "La felicidad te necesita estúpido": "...No pienses, no consumas tus neuronas con problemas que te exceden, no te exijas demasiado, mira que te estas quemando..."
El acto final revela que el propósito de la morsa y el carpintero no era el bien de sus seguidores sino el propio, ya que entre los dos se devoran a las ostras, aunque, eso si, les agradecen la gentileza de dejarse atraer a su perdición. Para expresar mi opinión sobre esta última parte y dar el punto final a este artículo: ¿estamos absolutamente seguros de los motivos de nuestros líderes políticos/religiosos/ideológicos? ¿se puede afirmar sin lugar a dudas que su único interés es el bien común, que no alientan ninguna clase de egoísmo o interés personal?
Que quieren que les diga, yo prefiero dudar y pensar y llegar a las conclusiones por cuenta propia, aunque me quede solo como ostra vieja.







viernes, 22 de febrero de 2013

La necesidad de fundamentar

Hace tiempo leí o oí por ahí (si no me equivoco en labios de Sandino Nuñez en su programa "Prohibido Pensar") que tener el derecho a expresarse libremente no significa que uno deba, forzosamente, expresarse. Una consecuencia desagradable de las redes sociales es que uno, justamente, se siente forzado a expresarse, forzado a hacer público lo que por naturaleza es íntimo. Esto a dado lugar a una exagerada tendencia a opinar sobre todo y todos, pero no necesariamente a formar opinión.
Me explico, por que puede malinterpretarse que estoy en contra de un derecho que me permite, después de todo, expresarme mediante este mismo blog, muy por el contrario, me parece excelente la multiplicidad de medios que tengo, como individuo y como ciudadano, a mi disposición para compartir mis pensamientos y conocer los de mis semejantes. El problema es el contenido de lo que compartimos.
Déjenme plantear un ejemplo: hace unos días pasó "muy cerquita"  de nuestro querido planeta el asteroide conocido como 2012 DA14 y un observatorio español registró y compiló en un video ese pasaje cercano. El video dura unos 19 segundos y muestra cómo el asteroide se mueve rápidamente en el cielo. Uno de los comentarios que leí en un portal de noticias hacía eco de lo "rápido" que viajaba, lo cual sería digno de mención si el video no mostrara claramente que el pasaje registrado no duró 19 segundos, sino 1 hora y 45 minutos; los lectores de la noticia nunca se dieron cuenta, nunca se preocuparon por instruirse más acerca del fenómeno, nunca dudaron acerca de lo que vieron, sólo lo aceptaron "tal como vino" y con esa información incompleta formaron una opinión igualmente incompleta, y se conformaron con eso.
Esa misma actitud conformista se observa en todo el espectro de temas sobre los cuales uno puede informarse: el uruguayo "pega el grito" dejando en claro su posición al respecto pero no permite que la información lo afecte demasiado, no se interesa, no se informa, no averigua más sino que prefiere quedarse con su preconcepto, con su prejuicio acerca del tema.
Este es un problema que yo he visto en mi mismo, en mi forma de opinar y se por experiencia lo difícil que es superar esta actitud,  y por lo que he observado en mi mismo, creo que una buena parte se resume en orgullo mal entendido y actitud cómoda. Debido a mi trasfondo religioso, buena parte de mi adolescencia la pasé en un entorno intelectualmente homogéneo, con muy pocos elementos que perturbaran mi imagen de la realidad y pocos motivos para indagar más profundamente al respecto. Cuando ese entorno se rompió debido a un cambio de mis circunstancias, me vi obligado a aceptar que la vida tenía muchos más matices y que estos presentaban un degradé mucho más pronunciado que lo que yo había pensado. Mejor aún, descubrí que el aceptar estas diferencias resultaba muchísimo más positivo que negarlas debido a que aumentaba considerablemente la riqueza del intercambio entre los individuos. Aún así, la mayoría de mis interacciones eran con personas con las que yo estaba de acuerdo en algo, y eso como que sesgaba mi enriquecimiento, no fue hasta que me encontré con personas con un pensar radicalmente diferente al mío que tuve que forzarme a enfrentar mis prejuicios y, aún a regañadientes, respetar esa diferencia de postura, la cual repetidas veces estaba mucho más justificada que la mía. Es así, forzándome a escuchar al que opina diferente que yo que he ido abriendo un poco mi cabeza a otras perspectivas, a ver el mundo un poco con los ojos del otro. Pero no es fácil, porque cada tanto debo tragarme mi orgullo y enfrentar mis cómodos prejuicios.
Por otra parte, el hecho de ser cristiano me ha hecho sensible a la necesidad de fundamentar lo que digo, de ordenar mis argumentos, de instruirme correctamente antes de abrir la boca, de pensar dos y tres veces antes de hablar para no decir una barbaridad, en parte para no quedar en evidencia, en parte para dejar en claro ante los demás de que mi opinión y mi argumento tiene una cierta validez intelectual y que merece, cuando mucho, una respuesta medianamente razonada.
En cambio, las redes sociales y los espacios abiertos a los comentarios generales presentan pocas opiniones dignas de mención, muy pocos aportes bien argumentados. En vez de promoverse la diversidad de opiniones, nos rodeamos de quienes piensan parecido y nos endulzamos mutuamente los oídos. Si establecemos algún contacto con alguien que piensa diferente, casi seguro es para insultarlo de alguna forma o atacarlo gratuitamente (y confieso que esta es una actitud que yo he demostrado y que me resulta difícil controlar). En definitiva, opinamos, pero no formamos nuestra opinión, no profundizamos, porque nos sentimos conformes con  nuestra idea previa, con nuestro prejuicio.
Por ese motivo pienso que nos estamos expresando demasiado: demasiadas cosas, demasiado pronto, demasiadas veces, como desesperados por que alguien nos oiga, pero no necesariamente dispuestos a oír, y mucho menos, oír al que está del otro lado de nuestra vereda ideológica.