martes, 8 de marzo de 2016

De Nacimiento

Nací de sexo masculino. No tuve injerencia en ese hecho. Ya en la infancia, sin embargo, las diferencias claras entre el trato que se da a niños y niñas me quedó claro: las niñas deben jugar a la casa, a las muñecas, los niños debíamos jugar al fútbol, a "los bandidos". Ahora bien, como seguramente sucede en muchos casos, mi vida tiene sus particularidades que me permitieron ver que lo que se establece por norma en la sociedad no es precisamente cierto para todos. Viviendo junto a mis abuelos, pude verlos trabajar a la par en sus profesiones, y mi abuela, siendo costurera, me enseñó a tejer y a usar la máquina de coser, a cambiar botones, a bordar. A mi me atraían esas habilidades, tradicionalmente femeninas, porque permitían crear. También observé cómo mi madre llevó en su vientre a mis hermanos, como ella transformaba ingredientes en el almuerzo de cada día, cómo devolvía a la ropa sucia la pulcritud, como su presencia hacía más llevadero el dolor de una herida.
Así, desde chico, asocié la figura femenina con la capacidad innata de crear. Esa imagen, acaso idealizada, de la mujer me acompañó también durante los años de Escuela y Liceo, reforzada ahora por el hecho de que me resultaba más llevadera la compañía de mis compañeras de clase que de mis compañeros.
Entre varones siempre sentí una inexplicable presión, una cierta competencia, una necesidad de "ser más que" y eso me resultaba agotador, hasta insoportable. Siendo yo flaco y menudo, con poca o ninguna habilidad atlética y sin gusto por el fútbol o la vulgaridad sin sentido, me sentía fuera de lugar entre los varones. Tampoco podía, como hombre, demostrar abiertamente mis emociones, porque "el hombre no llora". No había, entre mis compañeros de clase, muchos comentarios constructivos acerca de las mujeres, nadie elogiaba el intelecto, la sensibilidad o la creatividad, más bien se tenía que elogiar lo físico, porque eso, aparentemente, es todo lo que le importa al hombre. No así entre mis compañeras, ya que siempre encontré amistad, empatía y ecuanimidad con las mujeres. Entre esas amigas de mi juventud encontré mis primeros amores,  pero comencé, también, a observar que mi condición de varón me daba ventajas sobre ellas. Si, ellas también estaban sometidas a presiones semejantes a las mías.
Las mujeres, pude ver, estaban casi forzadas a ciertas carreras mientras que la autoridad tendía al varón. Me llamaba la atención la abundancia de profesoras y la escasez de profesores. Muchas enfermeras y muchos médicos, no así enfermeros o médicas. Se oía hablar de secretarias, pero no de mujeres gerentes, directoras (a  no ser en escuelas o liceos), ministras, senadoras.Y sin embargo era de ellas que me llegaban muchas las más grandes influencias de mi vida: mi abuela, mi madre, maestras y profesoras, compañeras de clase y de trabajo. Todas ellas más capaces que yo, más talentosas, pero como yo soy varón, tuve y tengo mayores oportunidades en el ámbito social, académico y laboral.
Sin embargo sigo admirándolas, esforzándome por hacer eco de su ejemplo, intentando con mis habilidades y talentos que otras mujeres elijan los caminos que la sociedad les niega, usando sus caminos y su vida como aliciente para ellas, y como recordatorio para mi y para mis alumnos de esas desigualdades injustas. Sigo envidiando ese don natural, esa capacidad innata de crear que llevan consigo y que comparten con todos.
Sé muy bien que esta descripción es muy idealizada. De la misma manera que conozco muchos hombre que me hacen avergonzarme de mi género, hay mujeres que son igualmente censurables. Pero eso no evita que siga admirando a las mujeres en su belleza, su inteligencia, su dedicación y su larga y dura lucha por la igualdad. A ellas mi saludo y mi respeto.


martes, 30 de diciembre de 2014

Contando las horas y los minutos: una reflexión de fin de año

Quería hacer una reflexión de fin de año en mi blog, y sentí que no podía, no todavía.
Tantas cosas han sucedido, cosas buenas y cosas malas, las dos a montones.
Tantas experiencias, ilusiones y desilusiones, sueños cumplidos, sueños rotos, desafíos y obstáculos y llanos y montañas. Tuve lluvia, canté y lloré bajo ella, tuve sol, tuve tormentas y tuve arcoíris.
Tuve a mis sobrinos, a mis hermanos, a mis cuñados y cuñadas, tuve a mis amigos, en público y abiértamente, y tuve, en lo privado y de forma solapada, a mis enemigos, uno de los cuales a veces me mira a los ojos cuando observo el espejo.
Tuve a mis alumnos, benditos sean todos ellos.
Tuve triunfos, tuve ceremonias, tuve reconocimientos, tuve fracasos, tuve rechazos, tuve amonestaciones y juicios.
Tuve aciertos, tuve errores, tuve bendiciones y tuve pecados, tuve genialidades y tuve burrezas. tuve razón y estuve equivocado. Lo tuve todo y lo perdí todo y lo encontré de nuevo de una forma distinta.
Vi maravillas, vi terrores, vi amor y vi odio.
Alrededor mío y dentro mío convivieron la calma, la locura, la tolerancia, la insensatez, el terror, el coraje, la rebeldía, la sabiduría, la obediencia y la necedad.
Fue año largo y agotador que pasó muy rápido y me dejó pidiendo más.
Y el año que viene lo espero con nuevos desafíos en mi mochila, nuevas esperanzas en mi corazón, nuevos objetivos, nuevas tierras, nuevas alturas, nuevos conocimientos para comprender, viejas metas para alcanzar, antiguas promesas que cumplir.
Empiezo el 2015 como termino el 2014, a la expectativa, esperando el alba, aguardando el ocaso, remontando el día, vigilando la noche.
Y con esta prosa endeble, estas "linhas tortas" (en portugués "lineas torcidas") como dice Gabriel o Pensador, le deseo al lector, lo mismo que deseo para mi, un año de avance, un año de crecer, de superar, de ir más allá, un muy feliz año nuevo, porque los buenos deseos se escriben igual en todas las ideologías.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Una de terror

Primero quiero mostrarles unas fotos de mis alumnos, véanlas bien, por favor:







¿Están enternecidos?¿emocionados?¿inspirados? ¿no? que lástima, deberían, pero no se preocupen, los entiendo. Después de todo no los conocen, ni han visto sus luchas, ni su esfuerzo, ni nada. Además, todos estamos demasiado ocupados con "asuntos importantes" como para darle media bolilla a un grupete de gurises que están terminando cuarto año del liceo, ¿no?. Bueno es justamente de eso que quiero tratar en este artículo, porque nosotros, ciudadanos promedio de nuestra querida República Oriental del Uruguay, que trabajamos, pagamos nuestros impuestos, nuestra televisión por cable y nuestra conexión a Internet, tenemos mucho, muchísimo que aprender de estos gurises.

Hace muy poco que soy docente de tiempo completo, solo dos años. Soy docente, permítanme aclararlo, por elección propia y no por desesperación, como parecen pensar demasiados de mis conciudadanos. Yo elegí esta carrera, aún cuando ya tenía un trabajo cómodo y clientela en abundancia como técnico reparador, instalador y diseñador de páginas web.
Les doy clases, sobre todo, a alumnos de bachilleratos en cursos de informática técnica, y tengo bajo mi responsabilidad más o menos la mitad de sus asignaturas, debido a que en el interior no hay demasiados docentes preparados en esta área particular. Eso implica que paso muchas horas con ellos, en algunos días estoy con ellos la mitad o más del total de horas que están en la Escuela Técnica, y uno llega a conocerlos un poco. También llega a plantearse metas acerca de cómo uno quiere influenciarlos, en qué dirección y con qué propósito.
Cuando un docente como yo pasa tantas horas con los gurises, siendo yo aún jóven, idealista, con mi carita de bebé (que si me afeito parezco de 20 en vez de los 30 pirulos que cargo encima), uno empieza a relacionarse con sus alumnos de forma más profunda, más entrañable, más humana. Y descubre que ellos, los gurises, lo están observando a uno.
Lo hacen todo el tiempo, consciente e inconscientemente y adoptan comportamientos, costumbres, formas de hablar, formas de trabajar y formas de pensar. Y eso me ha hecho sudar frío más de una vez. Por ejemplo en lo más superfluo, mis alumnos aprendieron de mi el fino arte de decir chistes malos, algunos con pericia insuperable. Pero si aprendieron eso ¿qué otras cosas "no curriculares" han aprendido? Puedo decir y con algo de orgullo que han aprendido mucho más de lo que yo podría haberles enseñado jamás en un año escolar.
Han aprendido a trabajar en proyectos ideados por ellos, han aprendido que pueden crear cosas de casi la nada y que pueden hacerlo bien y que esas creaciones pueden ser lo suficientemente novedosas como para atraer la admiración y el aplauso. Han aprendido que pueden trabajar en equipo, repartiéndose las tareas de forma deliberada, optimizando tiempo y esfuerzo. Han aprendido que las diferencias pueden ser factores potenciadores en un equipo, que el compañero o compañera más callado y retraído puede ser perfectamente un líder en ciertas áreas y que mejor lo reclutan rápidamente para el trabajo. Han aprendido a cuestionar las ideas, aún las que expresa el profesor. Han aprendido a hacerse cargo de sus actos, de encarar las responsabilidades. Han aprendido a probar cosas nuevas, aunque en algún momento les parecieron incomprensibles y que a pesar de eso, les pueden gustar. Han aprendido a aceptar y tolerar lo que no entienden del otro. Han aprendido que los defectos personales pueden enfrentarse y superarse, que pueden ser mejores. Han aprendido que competir no significa necesariamente pisar en el pescuezo al contrario y que el deseo de la excelencia puede ser un valor en si mismo. Han aprendido que a veces las cosas sencillamente no salen como uno quisiera y que sin embargo el tiempo invertido no es una pérdida. Han aprendido que aprender puede ser divertido. Han aprendido que "el profe" es un ser humano igual que ellos, que se enoja, se entristece, se cansa, se equivoca, y que también los necesita a ellos para ayudarlo a ser mejor. Han aprendido mucho más que lo que yo les enseñé, han aprendido tanto que me han enseñado a mi. Han aprendido tanto que me siento orgulloso y privilegiado de ser su profesor. Y no, no son superdotados, son gurises ruidosos y revoltosos que se olvidan de estudiar, que arman tremendos desórdenes en cuanto uno sale del salón y que conversan a los gritos, dejándome agotado y superado después de una clase con ellos. Algunos abandonaron, otros no han superado las exigencias del curso y deben rendir exámenes este diciembre. Gurises normales, hijos de cualquier vecino. Gurises excepcionales que bien podrían sacudir el "establishment" en unos años con ideas revolucionarias que yo soy incapaz de concebir. 

Y a estos gurises los tengo que devolver a ustedes, la sociedad que los envía a las aulas, cada tarde al terminar el día. Y ahí es cuando yo empiezo a temblar en serio. Porque este año, como nunca antes, la sociedad "adulta" de mi querido país se ha comportado como una manada de, por falta de mejor palabra, idiotas incivilizados. Algunos de ustedes, ciudadanos respetables en cualquier otra instancia, han perdido tanto el raciocinio que han expresado las ideas más bajas que he tenido el desagrado de leer: destratos, insultos, intolerancias, violentaciones, abusos, vociferaciones, faltas de respeto, degradaciones, etc. Algunos de ustedes han  cometido actos vandálicos con orgullo e impunidad en contra del derecho ajeno a expresarse mientras se suponen a si mismos como demócratas. Algunos de ustedes han insultado por lo más bajo a sus semejantes solo por el simple hecho de que piensan diferente. O sea que a mi, como docente, la sociedad me pide y me exige que inculque a sus hijos para que sean ciudadanos responsables, pero entonces la sociedad misma, con sus acciones, les enseña todo lo contrario, glorificando la irracionalidad y lo que en general solo se puede calificar de barbarie y estupidez.

Probablemente el problema sea el año que vivimos, un año electoral. Las pasiones ideológicas irracionales están a flor de piel, y todos creemos estar del lado correcto del tablero de las ideas. Y eso es complicado para todos nosotros, lo entiendo, siendo tan caudillistas como somos, siempre detrás de algún estandarte que suponemos es el mejor de todos. Es comprensible. No que pueda entenderlo realmente, pero alguna cosa tenía que decirles para que se sientan mejor.
Pero permítanme pedirles una cosa, en cuanto termine el año electoral y quememos las papeletas en el fuego de algún asado, pregúntenle a sus hijos qué cosas han aprendido de ustedes este año y luego obsérvenlos. Si los ven actuando de forma irresponsable, inmadura, destructiva y les dicen que se vayan a algún lugar desagradable, entonces señores y señoras, han aprendido a la perfección la lección que ustedes han impartido toooodo este año. Porque si me observan con tanto detenimiento a mi, que solo comparto muy pocas horas con ellos, que han aprendido a hacer mis chistes malos mejor que yo, ¿qué podrán aprender de ustedes, los adultos que los han traído a este mundo y se supone que velan por su bienestar? Ustedes saquen sus propias cuentas, y en lo posible no me compliquen más mi trabajo, suficiente tengo con des-enseñar toda la porquería que la sociedad les mete en la cabeza a los pobres.

sábado, 14 de junio de 2014

Electrón: un proyecto para diseñar una imagen para Magallanes del Plan Ceibal

Obviamente no tengo suficientes complicaciones, de otra manera no estaría planteandome esta idea.
Desde hace varios años uso GNU/Linux (lease Ubuntu, pero también he usado Debian y Arch) sin mayores contratiempos, no le tengo miedo a la terminal ni a instalar y desinstalar el sistema cuántas veces sea necesario, pero tengo muy claro que para la mayor parte de mis colegas docentes, el usar Ubuntu es más parecido a un castigo debido a las notables diferencias que tiene con Windows. Aparte de los diferentes inconvenientes a los que se enfrentan muy a menudo debido a esas diferencias, tambieén están las dificultades que provienen del hecho de que la mayoría están ejecutando software terriblemente viejo: Ubuntu 10.04, Gnome 2.x, Firefox 3.x, etc (este problema parece haber sido solucionado en parte por la nueva imagen publicada recientemente por el Plan Ceibal, porque Ubuntu 12.04 no es, precismante, el último bollo que salió del horno, aunque anda muy bien en las Magallanes).
Otro problema paralelo es la gran cantidad de software potencialmente inutil que trae preinstalado la imágen del Plan Ceibal. Digo potencialmente porque, por ejemplo:

  • Sugar probablemente solo me sirve si mis alumnos son de primaria.
  • Surfer solo es de alguna utilidad para los profesores de matemáticas
  • Scratch solo tiene sentido para profesores de informática y quizás de matemáticas
  • VMPK es genial para Música y actividades afines, pero para lo demás no tiene gran utilidad
  • etc.
O sea, es software que algunos necesitan, otros no, y la realidad es que muchos docentes no saben desinstalar un programa en Windows así que no tienen ni la más pálida idea de cómo desinstalar un programa en Ubuntu.
Así que desde hace un tiempo vengo preguntándome cómo podría yo colaborar y así dejar de ser otro más de los que se quejan, y tras un experimento muy positivo instalando Arch Linux, decidí que seguramente yo podría hacer lo mismo con otra distribución. Arch no podía ser, por mucho que me pese, debido a que el programa Intel Theft Deterrent Agent esta diseñado para ser usado en derivados de Debian y re-empaquetarlo para Arch me dió unos resultados un tanto dudosos. No quiero usar Ubuntu, porque, a pesar de lo mucho que lo aprecio, carga con demasiado software al santo botón, y Unity es muy lento en las Magallanes. Necesitaba algo que se instalara con lo menos posible y que me permitiera agregar software desde ahí y que además fuera compatible con el Intel TDA. La respuesta más directa que se me ocurre, entonces es Debian. Y entonces tuve la idea de que bien podría crear una imagen semejante a las proporcionadas por el Plan Ceibal, no con el afán de reemplazar, sino de proporcionar alternativas en el más puro espíritu del Software Libre, una imagen que le facilitara al docente la tarea de seleccionar el software que quiere instalado en su Magallanes.
De eso trata este pequeño proyecto: de diseñar y ofrecer una alternativa. 
Espero tener pronta una versión beta en pocos días y que mis colegas, los que se animen, puedan ponerla a prueba y dar ideas para mejorarla.
¡Nos vemos con novedades pronto!

martes, 10 de junio de 2014

"Loco, un poco nada más..."

Hacía tiempo que no tenía la dicha de ser tratado de loco, o de mal de la cabeza que viene a ser lo mismo, y hoy tuve esa dicha.
Y es para tomar nota, porque, al parecer, y dadas las circunstancias en las que recibí el apelativo, para ser loco hoy en día basta con reunir estas características:

  • Ser crítico y cuestionador
  • Gustar del debate argumentativo
  • Ser frontal con las ideas
  • Analizar las ideas de propios y ajenos como quien analiza software: buscando fallas y omisiones
  • Considerar al gobierno mi empleado y no mi lider
Parece que acá en el paisito uno no puede usar guiones propios y debe plegarse a discursos ajenos, porque el acto político parece reducirse a votar, a levantar una banderita en un acto desabrido y seguir como oveja al sobrino de alguien. Lo siento pero no, no me creo ese cantar, no soporto eso, creo y apoyo la multiplicidad de ideas y puntos de vista y lo considero una ventaja comparativa.
Tengo amigos cristianos, agnósticos, ateos y umbandistas, frentistas, blancos, colorados e independientes, bolsos, manyas, de Danubio y de Defensor, rockeros, folcloristas, cumbieros y románticos, técnicos, principiantes, profesionales y no iniciados, carnivoros, omnivoros y vegetarianos, etc. Con ninguno coincido al 100%, pero con todos ellos debato, con todos ellos argumento, y gracias a eso de todos ellos aprendo. Y gracias a ese aprendizaje he llegado mucho más lejos que lo que yo esperaba. Pero en Uruguay le tenemos miedo al debate, y no solo al debate político, al debate en general.

Creo que se debe a que realmente no estamos seguros de lo que creemos, de las ideas que apoyamos, me atrevo a decir que no estamos seguros de nosotros mismos, y en parte se puede justificar. Después de todo somos hijos de una sociedad que sistemáticamente defrauda nuestros ideales, que en vez de empujarnos a la excelencia, festeja con fuegos artificiales el patetismo y la mediocridad, que celebra al vivo y humilla al honesto, al sincero, al idealista. En semejantes circunstancias es muy fácil perder el ánimo, la fe y la esperanza, si lo sabré yo que repetidas veces he remendado mis ideales con parches de realismo. Pero esto solo es una justificación parcial.

¿En qué ideales creemos? ¿marxismo, socialismo, cristianismo, neoliberalismo, comunismo, anarquismo, imperialismo, umbandismo, islamismo, consumismo, egoismo, centralismo, politeismo, queseyoismo? ¿en qué? si creemos en esos ideales, entonces deberíamos estar dispuestos a ponerlos en la mesa de debates, de decir con voz firme "creo en esto, me parece el mejor camino, y me parece así por estos motivos". Acaso nuestros argumentos fallen, sean rechazados, sean refutados, pero si no los expresamos puede pasar algo peor: que nuestros ideales sean ignorados. Además, quien piensa que el debate es una lucha de ideas nunca ha debatido, el debate es la forja de ideas, es donde las ideas son puestas bajo el fuego y el martillo del cuestionamiento, donde se desechan los conceptos inútiles y queda el núcleo candente expuesto para tomar formas nuevas e inesperadas. En el debate las ideas evolucionan, no solo en la mente de quienes debaten, en las mentes de quienes los escuchan. Porque la idea y el ideal son el comienzo, no el fin de todo esto, son el sustrato de donde partimos para definir la puesta en práctica. Las ideas, por si mismas son inútiles, letra muerta, pero en acción son poderosas y cuando ideas diferentes que apuntan a un mismo fin se combinan para crear algo nuevo, las ideas son revolucionarias, desestabilizadoras.

Así que a mi interlocutor que me llamó loco le digo: seguiré siendo loco por más tiempo, perfeccionando y refinando mis ideas, poniéndolas a trabajar para crear soluciones, yo seguiré cuestionando aunque a ti no te guste, es más, voy a cuestionar porque a ti no te gusta, porque a ti no te da el valor para hacerlo. Voy a soplar el débil castillo de naipes de tus ideales con mis argumentos, porque sé que lo que quede en pié, solo eso te será útil para construir algo nuevo. Lo demás es puro adorno, y en las ideas, los adornos estorban.

lunes, 23 de diciembre de 2013

La cualidad humana, o la libertad de equivocarse

Cada vez que estalla un escándalo público, una conmoción política, una crisis financiera o se cae un florero pasa lo mismo: pedimos la cabeza del responsable. Hay una necesidad casi subconsciente de saber quién lo hizo, de tener un responsable, y sobre todo, de afirmar que el responsable no fue uno. Es que los seres humanos tenemos un terror que solo puede calificarse de patológico de afirmar algo que de hecho es lo más natural y obvio del mundo: nuestra tendencia intrínseca al error, una cualidad tan humana que de hecho prefiero referirme a ella como la cualidad humana. Porque es un aspecto que nos identifica como parte de la especie humana, algo que nos conecta con nuestros semejantes, que nos iguala, y que sin embargo pretendemos ocultar por todos los medios posibles.
Es muy sencillo de observar, en especial cuando algo revienta y la porquería salta en todas la direcciones. En esas circunstancias todos, sin excepción repetimos los mismos y milenarios mantras del "yo-no-fuí-fue-otro", "no-fuimos-nosotros", "no-creemos-que-haya-sido-nuestro-amigo", etc, etc. Y es que nadie quiere cargar con las consecuencias del error (salvo que el error redunde en beneficios, caso en el cual todos, alegremente, nos declaramos responsables...), nadie quiere admitir ante la mirada pública su tendencia humana al error. Es más, a tal punto estamos obsesionados con no admitir la posibilidad de nuestra falencia que no dudamos en negarle esa cualidad a nuestros semejantes, acto que llamamos, de forma casi ingenua, confianza. Lamentablemente, cuando en nombre de la confianza le negamos a nuestro prójimo la posibilidad del erro, de la debilidad, de la distracción, le estamos negando asimismo su existencia, su naturaleza humana.
Porque nuestra tendencia a la imperfección, si la aceptáramos, podría ser una de nuestras fortalezas más grandes. Imaginemos una máquina diseñada para avanzar en línea recta, y sólo en línea recta, ya que de esta manera fue especificado por quienes encargaron su manufactura. Imaginemos ahora que en su camino hay un imprevisto: una piedra que imposibilita su camino y si pecha contra ella, la máquina se dañará . Sin embargo, de forma fortuita, la máquina se desvía a tiempo y evita la piedra. Sin dudas que la máquina es imperfecta y no cumple con las especificaciones, pero el error evitó que se estrellara contra la piedra y los daños que esto implicaría. En el mismo sentido el error puede ser beneficioso para nosotros si lo tenemos en cuenta, porque sabemos que existe esa posibilidad, que aunque fulano jure y perjure que seguirá por determinado rumbo sin importar los obstáculos en su camino, es posible que de pronto cambie de rumbo, que se detenga o incluso que retroceda. Acaso es una posibilidad mínima, pero es una posibilidad, como también lo es la confianza, porque algo o alguien es confiable si su comportamiento en determinadas circunstancias es el mismo la mayor parte de las veces.(1)
Otro aspecto negativo del negar nuestra tendencia al error es que le negamos a nuestro prójimo la posibilidad de mejorar, de superarse, lo cual también es una forma de error ya que es un cambio en su comportamiento previsible. Vamos, que gran parte del desarrollo tecnológico se lo debemos a la interminable cadena de intentos y errores con los que hemos ido mejorando los objetos y los dispositivos que utilizamos en nuestra vida diaria.
Por eso yo creo que, por nuestro bien y el de la sociedad, debemos aceptar plenamente nuestra tendencia al error. Yo puedo errar, tu puedes errar, el puede errar, ella puede errar, ellos pueden errar, todos podemos errar. Y como lo sabemos, lo tendremos en cuenta, dándonos un margen de error: "Sé que probablemente vas a cometer equivocaciones, así que el objetivo que te voy a dar no es puntual, sino más bien una zona de acierto dentro de la cual no vas a tener problemas", algo así.
Además es algo que ya lo sabemos y lo utilizamos: la justicia cuenta con la tendencia al error de los criminales para encontrar las pistas que los incriminen, y los criminales cuentan con la tendencia al error de la justicia para realizar el ilícito.
Lo más hermoso del ser consciente de nuestra tendencia al error, es que no todos fallamos en las mismas cosas. Eso me permite complementar mi trabajo con mi compañero: "Yo erro en las áreas A y D, vos en las áreas B y C, así que entre los dos deberíamos ser capaces de completar las cuatro áreas".
El error está en nuestra naturaleza, cuando yo le digo a alguien "Sé que vas a equivocarte", no estoy rebajándolo, no estoy faltándole el respeto, ni siquiera estoy siendo especialmente desconfiado, sino que estoy reconociendo su humanidad. Es una forma de decir: "Somos iguales, eres un ser humano como yo, con la capacidad de errar, tus errores no me van a horrorizar de la misma manera que espero que los míos no te horroricen". Es una forma de aceptarse y de comprenderse, de darse un espacio, un margen de error.
Ahora bien, esto no significa que no importa el error que cometamos. Si mi error implica el sufrimiento o incluso la muerte de mis semejantes, si implica pérdida de empleos, deterioro de la salud y desmedro de la calidad de vida en cualquiera de sus formas, entonces debo tener muy en cuenta mi tendencia al error, porque mis errores, al igual que todas mis acciones, afectan, con sus consecuencias, a todos los que me rodean, y más aún si mi puesto de trabajo tiene un cierto nivel de importancia: un médico, un juez, un constructor, un docente, un legislador, un gobernante, etc.
Conocer que soy capaz de errar implica también la responsabilidad de aprender de los errores y admitirlos, públicamente si es necesario, y por supuesto, afrontar las consecuencias de mis actos. Debo admitir que me agradó la actitud del ministro Lorenzo al renunciar a su cargo, no me alegra, pero habla bien de el, habla de un hombre que se equivocó, acaso con mayúsculas, pero que voluntariamente se puso a disposición de la justicia, eso es bueno, es un ejemplo excelente de que hay gente que esta dispuesta a admitir que es capaz de errar. No me gustó en cambio la previsible reacción del Frente Amplio, que asegura que los acusados actuaron de buena fe, no porque crea que actuaron de mala fe, sino porque les quitan a los acusados esa posibilidad, les roban su humanidad ante la sociedad ¿acaso no es posible, que en un momento de debilidad personal hayan pensado y actuado de forma egoísta? ¿hay alguien entre todos los seres humanos que sea incapaz de actuar de forma egoísta?. Yo sé, que yo soy incapaz de actuar de forma 100% desinteresada, algún interés siempre existe, aunque ese interés sea el bienestar de mis semejantes. Aún en ese caso tengo interés propio: me hace sentir bien que los demás vivan mejor, así que ¿qué tiene de raro que a un jerarca de un banco o de una cartera del estado le temblaran las manos en un momento de debilidad? son seres humanos, después de todo.

(1) Este concepto de la confianza como probabilidad y no como certeza es muy manejado por los ingenieros, una profesión que no abunda en nuestra sociedad, lo cual plantea hipótesis interesantes sobre el efecto que tiene esto en el comportamiento de la sociedad.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Para ver mejor

Desde hace varios meses, tras la adquisición de una herramienta adecuada para la tarea, he podido dedicarle tiempo a una actividad que siempre me ha fascinado: la fotografía.
Aún recuerdo cuando mi padre me puso en las manos nuestra vieja cámara familiar, la cual nos sirvió fielmente muchos años, aunque no muy seguido, ya que los rollos y los revelados resultaban carísimos para la nunca muy estable economía familiar. Ese día, mi padre me explicó que tenía que tener cuidado al encuadrar la foto para no "decapitar" a nadie. Mirar por el objetivo (con el tinte verdoso que tenía y las líneas de mira, me recordaban las escenas de los aviones de combate que veía por la tele), activar el flash, con el zumbido tan particular, casi cibernético que hacía, hasta finalmente presionar el botón y escuchar el chasquido del obturador. Era un ritual casi mágico.